me huelen las manos a limón
los platos se amontonan en el lavadero
no sintoniza la tele el internet va cojo la panza llena
y la calle sigue sucediendo a ritmo de viernes disfrazado
seis meses y una cocina
descolgué cuadros de pirámides y abrí las ventanas
descorrí las cortinas y observé el mar y el cielo
vacié la nevera e hice la lista de la compra
cociné para la semana y recibí un sms
seis meses y una casa
encontré tónica en el súper
reciclé lona de toldo del mercadillo
lavé las sábanas y las toallas al son del muecín
leí un poco y pensé en compañías dispuestas para hoy
seis meses y un gintónic
esucho a los beatles por accidente y me gustan por sorpresa
reviso el periódico de mis tres países por ahora
imagino veladas en seis idiomas
y me fumo un cigarro
seis meses y un anhelo
cocinar para todos
en una casa flotante
dónde beber descalzos
las noches que nos esperan
25 d’abr. 2014
12 de març 2014
Cosas que pasan cuando
y en una ciudad desparramada entre el mar y el desierto empieza una de las últimas lluvias de la temporada. Tras un día de luces ocres y viento frío, empieza a caer el agua con goterones densos y preñados de arena. Suena a una bandada de cuervos picoteando las ventanas. Suena a las mil bocinas aturulladas en las calles. Suena a andar bajo la lluvia para volver a casa.
Y vienen las aguas de marzo rellenas de la arena que le robaron las nubes al desierto. Vienen las aguas de marzo deslizándose por el tobogán de un arco iris en cinemascope.
Te asomas al balcón de la oficina con afán de cazar la enésima estampa de un arco iris sobre el mar. Apuntas primero al cielo, luego al extremo derecho del arco, luego al extremo izquierdo. Y las franjas de color emergen desde la playa, ante tus narices. Hoy, durante un ratito, el arco iris estaba al alcance.
Después se lo ha llevado el viento, con la lluvia rebozada y crujiente. Nilo arriba hacia la capital.
hay huelga de transportes.
La lluvia ha durado poco. Coincide su tregua con tu camino a casa y aplicas la sabiduría local que dice que no hay coche que valga cuando son las 17'30h y está mojado el asfalto. Así que sorteas charcos hacia la estación del tramvía para acordarte una vez llegada que están huelga. Todos en huelga para reclamar el derecho a cobrar un salario mínimo, tan mínimo como caducado una vez llena la cesta de la compra.
En la horquilla de rieles que atraviesa la ciudad, decides caminar hacia casa parando en cada una de las paradas de tu tramvía invisible. Hoy no esquivarás taxis ni motos ni machotes sobre ruedas. Hoy no te escurrirás entre el bordillo, los coches y los hombres. Hoy en línea recta, entre las paralelas del tramvía. Hoy andado como los zombies en las películas por el caminito de los tramvías en coma. Siguiendo el éxodo de los oficinistas y los vagones.
son las 18h en la calle champollion.
Y llegas puntual a la clase de adiestramiento de palomas en los tejados. La habitual manada de palomos urbanitas empieza el entrenamiento diario para aprender a volar y volver. De cincuenta en cincuenta, le dan vueltas a la azotea de un edificio cenizo siguiendo las instrucciones de un palomero invisible a pie de calle.
Se alzan por encima de su torreón de madera, si rapunzel tuviera alas se habría rapado las trenzas. Y empiezan a girar como derviches alados por encima del domador, que cree poder domarlas a pesar de no poder volar. Vuelan, tal vez, para darle alas. Para que el día sea un poco menos pesado, para que escriba en el aire mientras ellas vuelan, las cartas que mandará de azotea en azotea a la internacional de domadores domados.
vas al cine y estás sola.
Dejas los trastos en casa te abrigas y sales de nuevo al viento. Y te metes en la sala de cine de una biblioteca de alejandría posmoderna y hormigonada. Eres la única en la sala. Empieza la peli y suena a tu anteayer en las calles de Dakar, junto al canal de Rufisque, a la orilla de otro mar más frío. Empieza la peli y se te relajan las orejas al sonido de una lengua extranjera cuyas superfícies conoces.
Las bandas sonoras de La Pirogue están llenas de tus amigos, tus casas, tus calles, tus ayeres rebozados de la arena de otra ciudad. Casi de otro mundo, casi de otra vida, casi de otra persona. Que eres tú hace unos meses. Caras conocidas actuando como si fueran personas que no conoces. Personajes que no conoces actuando una historia que se ha cocinado en los fogones de tu vecino.
llueve en el catorceavo.
Sales del cine y agradeces al proyectista con un jerejef, saludas al segurata con un masalama, compras birras en francés y le das al arbatashar del ascensor. Abres la puerta tu piso en las nubes y se te moja la punta de los pies con los charcos del naufragio. Arriba, tan arriba vives ahora que cuando llueve, las gotas que tienen vértigo se refugian en el suelo del comedor.
Hay que cerrar las compuertas y las persianas. Hay que achicar el agua del pasillo. Hay que ponerse el pijama y calentarse los pies. Hay que sentarse en sofá y conectar el GPS, trazar los trayectos recorridos desde esta atalaya prestada. Y retomar el rumbo en la lluvia, probablemente la última de marzo, antes de proseguir la deriva.
A nado, a vuelo, a tientas.
27 de gen. 2014
Café Hurreya - 26 de gener 2014
Hem
passejat per carrers tranquils, amb gent de dissabte i cotxes que piten. Hem
vist matrimonis de passeig, ell amb trajo ella amb bandera. Com qui res una
bandera que penja com penja el bolso. Una extensió de la mà com les arracades a
l'orella. Hem deambulat durant una hora pel bon costat del riu pels carrers
nets d'un barri endreçat. I a la vora del Nil la Racha m'ha proposat entrar al
parc. N'he oblidat el nom en àrab però vindria a ser alguna cosa com "el
jardí dels peixos". Un parc prèvia entrada de 5 EGP, amb llacs secs i
coves de artificials. Una sèrie de grutes enfilades que contenen peixeres
brutes i aparadors il·luminats.
Parlem
de Beirut i de Barcelona. Parlem d'El Caire i d'Alexandria caminant sota les
ales dels rat-penats que ens xiulen. Parlem de l'altre
costat del riu i de les persones que no estan al carrer. Que no estan al parc.
Que no estan a la plaça. Que no estan a la presó. Que no estan al parlament. En parlem davant la mirada
atenta dels peixos dissecats a les gàbies. Ens observa un tauró
furiós, eixerreït i salvatge. Va ser-ho algun dia, esfereïdor i tauró. Ara és testimoni d'un
grapat de paraules sentides que només escolten un estol de rat-penats
sords.
És el 25 de gener de 2014.
Fa una bona estona que han començat les desfilades
al carrer. Cap a la celebració o cap a la mani. Cap als focs artificials o cap
als trets. Amb la mirada absolutament esbiaixada miro cap a la finestra del
cafè com ahir mirava cap a la pantalla de l'ordinador i cap a l'altre extrem
del pont. Cap a la corrua de caràcters al mòbil mirant de desentrellar el
significat carnal del que diuen les paraules que llegeixo. Paraules que diuen
"anniversari" "amenaça" "revolució"
"detenció" "procès".
Un tauró dissecat dins d'una cova de pega, una
revolució dissecada dins d'una plaça acordonada. Analogies agafades pels
pèls com tot el que pretenc entendre. Cada cop em costa més
dir les coses sense enlairar-me. Cada dia pesen menys les paraules que empro
per dir allò que veig. Perque la futilesa del que veig conviu amb la futilesa
del que ens expliquen. No seré jo qui descrigui caps esberlats i cel·les
fosques. Jo no en sé res de tot això malgrat que les paraules dels altres m'ho
expliquin.
Jo
sé la lleugeresa de les paraules que dic, de les paraules que diem discutint a
crits al terrat d'un edifici a la vora del Nil. Cervesa, xixa,
tramusos, te. Egipte, Líban, Palestina, Espanya. Discussions aferrissades i
estràbiques. Mirades genuïnes i espantades amb una por en què només els noms
difereixen. Noms que pesen més que la nostra conversa a l'aire. Una conversa
que ni el fum de la xixa aguanta. Ens enfilem en un desacord de matisos, alguns
espantats per la por al cos, alguns espantats per la por que vindrà. Però la
por no és ni important ni nova.
A la taula de davant, un home borni i un home coix
prenen un te i discuteixen. És el 26 de gener de 2014. Pesco paraules
desendreçades, pesco noms propis de la política d'ahir i d'avui. Noms dels qui
decideixen revolucions i transicions. A la taula de més enllà un home a contrallum
llegeix el diari. Li veig els peus i la primera plana. Una amalgama de mans i
caps i banderes congelades.
Al diari és el 25 de gener de 2014, al cafè podria
ser qualsevol dia. Els noms, les banderes i els cossos no han canviat
gaire. Ha canviat potser el pes dels mots que els anomenen i els ulls coixos
que els aguanten.
****
Hemos
paseado por calles tranquilas, con gente de sábado y coches que pitan. Hemos
visto matrimonios de paseo, él con traje ella con bandera. Como si nada una
bandera que cuelga como cuelga un bolso. Una extensión de la mano como los
pendientes en la oreja. Hemos deambulado durante una hora por el lado bueno del
río, por calles limpies de un barrio ordenado. Y cerca del Nilo Racha me ha
propuesto entrar al parque. He olvidado el nombre en árabe pero sería algo como
“el jardín de los peces”. Un parque previa entrada de 5 EGP, con lagos secos y
cuevas artificiales. Una serie de grutas engarzadas con peceras sucias y
escaparates iluminados.
Hablamos
de Beirut y de Barcelona. Hablamos de El Cairo y de Alejandría bajo las alas de
los murciélagos que nos silban. Hablamos del otro lado del río y de las
personas que no están en la calle. Que no están en el parque. Que no están en
la plaza. Que no están en la cárcel. Que no están en el parlamento. Hablamos
bajo la mirada atenta de los peces disecados en las jaulas. Nos observa un
tiburón furioso, amojamado y salvaje. Lo fue un día, aterrador y tiburón. Ahora
es testigo de un puñado de palabras sentidas que sólo escuchan una bandada
de murciélagos sordos.
Es
el 25 de enero de 2014.
Hace
un buen rato que han empezado los desfiles en la calle. Hacia la celebración o
hacia la mani. Hacia los fuegos artificiales o hacia los tiros. Con la mirada
absolutamente sesgada miro hacia la ventana del café como ayer miraba hacia la
pantalla del ordenador y hacia el otro lado del puente. Hacia la hilera de
caracteres en el móvil tratando de desentrañar el significado carnal de lo que
dicen las palabras que leo. Palabras que dicen “aniversario” “amenaza”
“revolución” “detención” “proceso”.
Un
tiburón disecado en una cueva de pegote, una revolución disecada en una plaza
acordonada. Analogías que se aguantan por los pelos como todo lo que pretendo
entender. Cada vez me cuesta más decir las cosas sin alzar el vuelo. Cada día
pesan menos las palabras que utilizo para decir lo que veo. Porque la futilidad
de lo que veo convive con la futilidad de lo que nos cuentan. No seré yo quien
describa cabezas reventadas y celdas oscuras. No tengo ni idea de eso, a pesar
de que las palabras de los demás me lo explican.
Yo
sé la ligereza de las palabras que digo, de las palabras que decimos
discutiendo a gritos en la azotea de un edificio cerca del Nilo. Cerveza,
shisha, altramuces, te. Egipto, Líbano, Palestina, España. Discusiones
encarnizadas y estrábicas. Miradas genuinas y asustadas con un miedo en qué
sólo los nombres difieren. Nombres que pesan más que nuestra conversación en el
aire. Una conversación que ni el humo de la shisha aguanta. Nos encaramamos en
un desacuerdo de matices, algunos asustados por el miedo en el cuerpo, algunos
asustados por el miedo que vendrá. Pero el miedo no es ni importante ni nuevo.
En
la mesa de enfrente, un hombre tuerto y un hombre cojo toman el té y discuten.
Es el 26 de enero de 2014. Pesco palabras desordenadas, pesco nombres propios
de la política de ayer y de hoy. Nombres de los que deciden revoluciones y
transiciones. En la mesa siguiente un hombre a contraluz lee el periódico. Le
veo los pies y la portada. Una amalgama de manos y cabezas y banderas
congeladas.
En
el periódico es el 25 de enero de 2014, en el café podría ser cualquier día.
Los nombres, las banderas y los cuerpos no han cambiado mucho. Ha cambiado tal
vez el peso de las palabras que les nombran y los ojos cojos que les aguantan.
18 de nov. 2013
Cafè Tugareya - 17 de novembre 2013
Surto d’una
reunió per fumar un cigarro i ventilar les idees. Fa fred, acaba d’arribar el
fred. Com qui no vol la cosa, un arc de sant martí abans de la pluja ens
avisava aquest matí. Encenc el cigarro i la Nadia em saluda. Les sorpreses i
les coincidències fan d’aquesta ciutat un lloc esfereïdorament acollidor. Por de
conèixer i reconèixer tanta gent, tan aviat. Amb tan poc esforç.
Tan poc esforç com trobar-me amb la cara extranya de la Nadia que per casualitat i de bon matí em diu: “M’agrades. Ets lliure i parles simple”. No sé què fer
amb aquest afalac de perles que posa un mirall nou davant la meva imatge
trencada.
Tinc la sensació
d’haver arribat aquí per escurçar la distància entre qui sóc i qui crec ser. Recomposar
els reflexos trencats amb què mil miralls deformats m’omplien els ulls. El mirall de la Nadia parla d’una
persona que no sabia ser. Mostra una marta magníficament fluïda i fora de lloc.
Fora d’un lloc que rebutjo tenir, perque vull ser de molts llocs a la vegada.
Del lloc on uns
braços llargs m’abracin. Del lloc on llegeixen els meus mails inconstants. Vull
ser del lloc on ens inventem les històries. Vull ser del lloc on l’àvia respon
al telèfon. Vull ser del lloc on encara no he arribat, del lloc que potser no
existeix però m’espera. Ser del lloc on el mirall sóc jo. Ser l’alfabet sobre
la sorra abans de la pluja. Paraula mullada després de l’onada.
Ser lliure i
simple com diu la Nadia.
Fa dies que m’escolto
el riure quan em fan riure. I una marta antiga i renovada se m’esmuny entre els
llavis. Reconec la cançó que em canten les dents i em demano on havia oblidat
la partitura. Potser darrere el mirall, a les pestanyes de qui em mirava, als
diccionaris que no vaig escriure.
Però un mirall
davant d’un altre mirall reflecteix a l’infinit una imatge que queda buida. Trieu
la marta que més us convingui, són totes vostres. I jo m’invento equivocadament
aquella que es queda sola rient a l’aire. Aquella que es va buidant a força de
dormir sola, de viatjar sola, d’escriure sola, esgarrapant fraccions d’afecte
per recomposar una soledat acompanyada. Sense suor ni pèls als llençols ni
petons a la cuina.
Ets lliure i
simple.
I queda molt poc
espai al laberint d’imatges de mi mateixa per estimar-me i que m’estimin. Perque
algú, una estona, s’atreveixi a ballar amb mi i el meu diccionari.
30 d’oct. 2013
Cafè Asteria - 19 octubre 2013
Torno
de dia al meu bar de costum. Quarta vegada en vint dies. Ja en fa vint. I m’assec
per prendre un suc de llimona i descansar els peus després d’un passeig de
diumenge que cau en dissabte. A l’altra
banda de l’aparador hi ha un cinema. En cartellera en Robert Downey Jr amb cara de tarat i
un actor egipci amb cara de malote. Sessió doble d’ulls desorbitats.
Una
cua d’adolescents endiumenjats celebren que és festa i que un cop dins, la sala és
fosca. Les noies en rotllana formen un ventall de colors vius, un mostrari des
del verd llimona fins al negre nit. Estampats d’efectes òptics que obren una
tercera dimensió a l’elegància de la pell coberta. Els nois es miren i se les
miren. Les parelles joves van del bracet com si fes anys que s’estimen, com si ja no
calgués esgarrapar-li a la nit un tros de nit a les palpentes.
Ha
començat el dissabte d’hora al matí amb visita a l’advocat per signar el
contracte de lloguer. Ja ho tinc pràcticament tot signat. La feina, l’assegurança,
el lloguer. Queda només rebre’n els fruits: el sou, els medicaments, el sostre.
Queda només construir la manera de viure aquí i que aquest aquí m’habiti. L’advocat
ens ha rebut en qualitat de porter dels secrets d’una ciutat escampada. Un ancià
tremolós, un cos vell disposat a carregar amb tot el pes del mot ancià. A ningú
com a ell li esqueia avui una paraula tan bella. Un despatx esquerdat al fons d’una
altra època. Una taula plena de vestigis d’altri,
on s’apila ara el meu nom rubricat per donar fe d’això que no sé què és pero
que definitivament comença.
I ara,
a l’altre cap del carrer, un acomodador avisa a crits que la sessió de les 15h
ja comença. I el ramat de colors i mirades furtives entra a la sala. Un cop
dins els grups d’adolescents jugaran a les cadires, creuant els dits per poder
seure al costat d’un cos que es deixi. D’algun cos que respiri nerviós quan els
colzes es freguin a les fosques. D’algun cúmul de carn palpitant sota la roba
que també desitgi donar sortida al cos més enllà del somriure.
Prop
de la taquilla un rètol antic en àrab i en anglès indica “now showing” sobre una
cartellera en blanc escrostonat. Deixant l’espai obert per anuncia allò que
no es mostra però esdevindrà al final d’una tarda de dissabte al cinema. Al
final del primer dia que em vaig perdre per Mansheya celebrant la signatura del
meu enèssim començament.
1 d’oct. 2013
Cafè Asteria – Mahtet el Raml
Primera cervesa sola a Alexandria.
Cafè de fusta, sofàs d'estació dels cinquanta, finestrals eterns, cadires amb solera.
Cervesa tèbia amb tapa de cogombre i olivetes amargants.
La làmpada del sostre fa pampallugues, està a les últimes, com jo avui.
A la sala del cafè on m'he instal·lat no hi ha cap quadre. Només dos cartellets vermells distribuïts per les parets. Un cartel avisa “danger” i l'altre indica “emergency exit only” i una fletxa desdibuixada guia la mirada cap a l'interior del bar. Cap a la segona sala, més fosca i sense sortida aparent. Només en cas de sortides desesperades entrar el fons del bar por ser una bona idea. Només en cas d'emergència.
Sóc a un cafè buit, en una ciutat nova, de nou a la casella de sortida. Sortida d'emergència.
Entrant a les palpentes a un repertori de carrers lleugerament familiar. Acostumada a la total extranyesa dels carrers de sorra dakarians, aquests cinemes antiquats, aquests immobles d'eixample egipci, se'm fan familiarment extranys. I m'entra una mena de pressa extranya per deixar de ser una total estrangera.
No tant per arribar al punt de la fusió mimètica, sinó per caminar ferma per una ciutat que fa olor de casa. Una flaire de poema del Goytisolo, amb menys gintònic i més noies trenades, més merceditas i mitjons llargs, més bassals de nostàlgia de la Piazza Sant'Alessandro. Més fum a les parets, menys ciutats modèliques.
Intueixo des d'ara mateix que estaré enamorada i enrabiada a parts igual d'aquest lloc, que em sembla ara mateix incomensurable i mític, com Manhattan i com Alexandria.
Ja no estic sola al cafè, davant meu una senyorassa fa menjar sandwich amb ketchup als seus fills adolescents. Al meus cafès d'abans, de Dakar, hi anàvem les dones de mal viure i els homes de mal beure. Als cafès d'ara, d'Alexandria, hi entren famílies de mitja tarda.
Hi entro jo seguint la fletxa, cap al fons del bar, buscant la sortida d'emergència.
4 de set. 2013
escritorio
Un día la ciudad es pequeña como un cajón pequeño. Un cajón que es tuyo. Un cajón cuya madera compraste. Le diste las medidas al carpintero, escogiste los tiradores, pensaste el mejor lugar para ese cajón, de ese escritorio, en esa casa, en esa ciudad.
Pero cada vez más a menudo te
despiertas a media noche y todavía no ha amanecido dentro del cajón,
del escritorio, de la casa, de la ciudad. En duermevela tardas un
rato en entender que si todo está oscuro es porque es de noche y te
despertaste dentro de un cajón. En un escritorio. En una casa. En
una ciudad. Que escogiste.
Una parcela de aire que has construido
a duras penas con decisiones más o menos tuyas, en función del
destinatario del currículum. Equis centrímetros cuadrados de
intimidad en los cuales redactas cada día y cada noche las fuerzas
que te faltan al despertar y los anhelos con que te acuestas. Equis
centímetros de tí en los que te ahogas o surfeas o navegas según
salgan las cosas. Según sople el viento en esta ciudad que alberga
tu casa, tu habitación, tu escritorio, tu cajón.
Y pasan los días como pasan los años
y las semanas y se llenan los cajones y las ciudades de ejercicios de
física para principiantes. Los vasos comunicantes comunican los
recuerdos de tus ciudades en un puente aéreo de teclado en teclado,
con el low cost de tu sonrisa o de su arquitectura o de lo que
sucedió por el camino.
Comunican en casa cuando les llamas,
olvidaste otra vez que tus 21h son sus 23h y ya es hora de acostarse.
Comunicas en el cajón cuando te llaman, no saben que tus 10h no son
nada porque en el cajón cada día amanece más tarde, porque tu
cajón en una ciudad lejana es la guarida perfecta para los
náufragos. Porque en tu cajón, amanece cuando tú puedes y anochece
tras el último rezo.
Porque tu cajón, en esta ciudad de
almas, es tan ancho como la paciencia de tus vecinos que por las
mañanas riegan con agüita fresca el umbral de su casa. Que por las
mañanas amanecen ellos y su colección de ancestros, que tienen la
boca seca aún siendo ánimas, y les da apuro dar los buenos días
sin haber bebido nada.
En esta ciudad de almas puede que
amanezcas en un cajón, pero el día te llevará dónde la vida (la
tuya y las de tus muertos) te lleve. Y eso es bueno y eso es malo. Y
eso es la puta vida perra que escogiste al redactar tu currículum,
aunque de eso ni te enteraste. Entre los párrafos de tu currículum,
las vetas de la madera que elegiste en la parada del carpintero, los
clavos con que cambiaste los tiradores, las marcas de lo escrito
sobre la mesa, los residuos de lo leído a media luz.
Despiertas a veces en un cajón de un
escritorio en una casa de una ciudad. Despiertas en Dakar pero nunca
crees que sea completamente de día. De día será cuando lo
entiendas todo con una ojeada. Cuando caces al vuelo los cotilleos de
las vecinas en casa del costurero. Cuando el sol brille en tu cajón
tantas horas como en el de tu vecino.
Cuando Ali, Ibou, Angie, Aziz o Ndèye
se despierten en duermevela dentro de su cajón. Y en su cajón
quepas tú entera. Cuando en su escritorio haya algún rastro de tu
ortografía desconchada. Cuando en su casa, en la puta casa que algún
día tendremos, tus recuerdos rieguen la puerta por las mañanas para
abrevar la memoria sedienta de unos ancestros que sólo quieren saber
quiénes somos al despertar. Que sólo quieren preguntarnos cómo nos
ha tratado la noche en una ciudad cada día más estrecha para
albergar nuestros recuerdos.
Cuando la ciudad, cualquier ciudad,
tenga la memoria holgada. La memoria abierta para que quepan las
letras que soñamos de noche en el cajón, que escupimos sobre el
barniz del escritorio, que cocinamos bajo el techo de nuestras casas,
que redactamos en las calles de esta ciudad, cualquier ciudad.
Cualquier ciudad que hoy es Dakar y mañana será el mundo.
Un mundo que nos desvele de madrugada
para decirnos: mañana te mueres. Que tu día sea largo. Tan largo
como el recuerdo de los secretos psicotrópicos de tu ciudad,
cualquier ciudad. Tan largo como las cuestas de las últimas
voluntades y las listas de la compra. Largo tu día com los atascos
por la mañana. Largo y terso como las sábanas de una cama bien
hecha antes de deshacerla, antes que se desmorone el mundo en un
cajón. Antes de que tu historia sin redactar se desparrame por los
cajones, por las mesas, por las casas, por las ciudades.
Por los días sin terminar de las
historias que nadie escribe porque se quedan en un cajón, muertas de
asco para distraer a los muertos. A los ancestros que cada mañana piden un vaso de agua para lavarse las legañas. Tras noches enteras leyendo historias muertas.