30 d’oct. 2013

Cafè Asteria - 19 octubre 2013


Torno de dia al meu bar de costum. Quarta vegada en vint dies. Ja en fa vint. I m’assec per prendre un suc de llimona i descansar els peus després d’un passeig de diumenge que cau en dissabte. A l’altra banda de l’aparador hi ha un cinema. En cartellera en Robert Downey Jr amb cara de tarat i un actor egipci amb cara de malote. Sessió doble d’ulls desorbitats.

Una cua d’adolescents endiumenjats celebren que és festa i que un cop dins, la sala és fosca. Les noies en rotllana formen un ventall de colors vius, un mostrari des del verd llimona fins al negre nit. Estampats d’efectes òptics que obren una tercera dimensió a l’elegància de la pell coberta. Els nois es miren i se les miren. Les parelles joves van del bracet com si fes anys que s’estimen, com si ja no calgués esgarrapar-li a la nit un tros de nit a les palpentes.

Ha començat el dissabte d’hora al matí amb visita a l’advocat per signar el contracte de lloguer. Ja ho tinc pràcticament tot signat. La feina, l’assegurança, el lloguer. Queda només rebre’n els fruits: el sou, els medicaments, el sostre. Queda només construir la manera de viure aquí i que aquest aquí m’habiti. L’advocat ens ha rebut en qualitat de porter dels secrets d’una ciutat escampada. Un ancià tremolós, un cos vell disposat a carregar amb tot el pes del mot ancià. A ningú com a ell li esqueia avui una paraula tan bella. Un despatx esquerdat al fons d’una altra època. Una taula plena de vestigis d’altri, on s’apila ara el meu nom rubricat per donar fe d’això que no sé què és pero que definitivament comença.

I ara, a l’altre cap del carrer, un acomodador avisa a crits que la sessió de les 15h ja comença. I el ramat de colors i mirades furtives entra a la sala. Un cop dins els grups d’adolescents jugaran a les cadires, creuant els dits per poder seure al costat d’un cos que es deixi. D’algun cos que respiri nerviós quan els colzes es freguin a les fosques. D’algun cúmul de carn palpitant sota la roba que també desitgi donar sortida al cos més enllà del somriure.

Prop de la taquilla un rètol antic en àrab i en anglès indica “now showing” sobre una cartellera en blanc escrostonat. Deixant l’espai obert per anuncia allò que no es mostra però esdevindrà al final d’una tarda de dissabte al cinema. Al final del primer dia que em vaig perdre per Mansheya celebrant la signatura del meu enèssim començament.

1 d’oct. 2013

Cafè Asteria – Mahtet el Raml


Primera cervesa sola a Alexandria.
Cafè de fusta, sofàs d'estació dels cinquanta, finestrals eterns, cadires amb solera.
Cervesa tèbia amb tapa de cogombre i olivetes amargants.
La làmpada del sostre fa pampallugues, està a les últimes, com jo avui.
A la sala del cafè on m'he instal·lat no hi ha cap quadre. Només dos cartellets vermells distribuïts per les parets. Un cartel avisa “danger” i l'altre indica “emergency exit only” i una fletxa desdibuixada guia la mirada cap a l'interior del bar. Cap a la segona sala, més fosca i sense sortida aparent. Només en cas de sortides desesperades entrar el fons del bar por ser una bona idea. Només en cas d'emergència.
Sóc a un cafè buit, en una ciutat nova, de nou a la casella de sortida. Sortida d'emergència.
Entrant a les palpentes a un repertori de carrers lleugerament familiar. Acostumada a la total extranyesa dels carrers de sorra dakarians, aquests cinemes antiquats, aquests immobles d'eixample egipci, se'm fan familiarment extranys. I m'entra una mena de pressa extranya per deixar de ser una total estrangera.
No tant per arribar al punt de la fusió mimètica, sinó per caminar ferma per una ciutat que fa olor de casa. Una flaire de poema del Goytisolo, amb menys gintònic i més noies trenades, més merceditas i mitjons llargs, més bassals de nostàlgia de la Piazza Sant'Alessandro. Més fum a les parets, menys ciutats modèliques.
Intueixo des d'ara mateix que estaré enamorada i enrabiada a parts igual d'aquest lloc, que em sembla ara mateix incomensurable i mític, com Manhattan i com Alexandria.
Ja no estic sola al cafè, davant meu una senyorassa fa menjar sandwich amb ketchup als seus fills adolescents. Al meus cafès d'abans, de Dakar, hi anàvem les dones de mal viure i els homes de mal beure. Als cafès d'ara, d'Alexandria, hi entren famílies de mitja tarda.
Hi entro jo seguint la fletxa, cap al fons del bar, buscant la sortida d'emergència.

4 de set. 2013

escritorio



Un día la ciudad es pequeña como un cajón pequeño. Un cajón que es tuyo. Un cajón cuya madera compraste. Le diste las medidas al carpintero, escogiste los tiradores, pensaste el mejor lugar para ese cajón, de ese escritorio, en esa casa, en esa ciudad.

Pero cada vez más a menudo te despiertas a media noche y todavía no ha amanecido dentro del cajón, del escritorio, de la casa, de la ciudad. En duermevela tardas un rato en entender que si todo está oscuro es porque es de noche y te despertaste dentro de un cajón. En un escritorio. En una casa. En una ciudad. Que escogiste.

Una parcela de aire que has construido a duras penas con decisiones más o menos tuyas, en función del destinatario del currículum. Equis centrímetros cuadrados de intimidad en los cuales redactas cada día y cada noche las fuerzas que te faltan al despertar y los anhelos con que te acuestas. Equis centímetros de tí en los que te ahogas o surfeas o navegas según salgan las cosas. Según sople el viento en esta ciudad que alberga tu casa, tu habitación, tu escritorio, tu cajón.

Y pasan los días como pasan los años y las semanas y se llenan los cajones y las ciudades de ejercicios de física para principiantes. Los vasos comunicantes comunican los recuerdos de tus ciudades en un puente aéreo de teclado en teclado, con el low cost de tu sonrisa o de su arquitectura o de lo que sucedió por el camino.

Comunican en casa cuando les llamas, olvidaste otra vez que tus 21h son sus 23h y ya es hora de acostarse. Comunicas en el cajón cuando te llaman, no saben que tus 10h no son nada porque en el cajón cada día amanece más tarde, porque tu cajón en una ciudad lejana es la guarida perfecta para los náufragos. Porque en tu cajón, amanece cuando tú puedes y anochece tras el último rezo.

Porque tu cajón, en esta ciudad de almas, es tan ancho como la paciencia de tus vecinos que por las mañanas riegan con agüita fresca el umbral de su casa. Que por las mañanas amanecen ellos y su colección de ancestros, que tienen la boca seca aún siendo ánimas, y les da apuro dar los buenos días sin haber bebido nada.

En esta ciudad de almas puede que amanezcas en un cajón, pero el día te llevará dónde la vida (la tuya y las de tus muertos) te lleve. Y eso es bueno y eso es malo. Y eso es la puta vida perra que escogiste al redactar tu currículum, aunque de eso ni te enteraste. Entre los párrafos de tu currículum, las vetas de la madera que elegiste en la parada del carpintero, los clavos con que cambiaste los tiradores, las marcas de lo escrito sobre la mesa, los residuos de lo leído a media luz.

Despiertas a veces en un cajón de un escritorio en una casa de una ciudad. Despiertas en Dakar pero nunca crees que sea completamente de día. De día será cuando lo entiendas todo con una ojeada. Cuando caces al vuelo los cotilleos de las vecinas en casa del costurero. Cuando el sol brille en tu cajón tantas horas como en el de tu vecino.

Cuando Ali, Ibou, Angie, Aziz o Ndèye se despierten en duermevela dentro de su cajón. Y en su cajón quepas tú entera. Cuando en su escritorio haya algún rastro de tu ortografía desconchada. Cuando en su casa, en la puta casa que algún día tendremos, tus recuerdos rieguen la puerta por las mañanas para abrevar la memoria sedienta de unos ancestros que sólo quieren saber quiénes somos al despertar. Que sólo quieren preguntarnos cómo nos ha tratado la noche en una ciudad cada día más estrecha para albergar nuestros recuerdos.

Cuando la ciudad, cualquier ciudad, tenga la memoria holgada. La memoria abierta para que quepan las letras que soñamos de noche en el cajón, que escupimos sobre el barniz del escritorio, que cocinamos bajo el techo de nuestras casas, que redactamos en las calles de esta ciudad, cualquier ciudad. Cualquier ciudad que hoy es Dakar y mañana será el mundo.

Un mundo que nos desvele de madrugada para decirnos: mañana te mueres. Que tu día sea largo. Tan largo como el recuerdo de los secretos psicotrópicos de tu ciudad, cualquier ciudad. Tan largo como las cuestas de las últimas voluntades y las listas de la compra. Largo tu día com los atascos por la mañana. Largo y terso como las sábanas de una cama bien hecha antes de deshacerla, antes que se desmorone el mundo en un cajón. Antes de que tu historia sin redactar se desparrame por los cajones, por las mesas, por las casas, por las ciudades.

Por los días sin terminar de las historias que nadie escribe porque se quedan en un cajón, muertas de asco para distraer a los muertos. A los ancestros que cada mañana piden un vaso de agua para lavarse las legañas. Tras noches enteras leyendo historias muertas.

6 d’ag. 2013

(que el día sea largo)



Hoy es el día en que al despertarte sabrás que no te queda ya más tiempo.
Hoy es el día en que el reloj avanza a machetazos abriendo el camino de vuelta.
Hoy es el día en que has pensado desde la primera vez que pisaste esta ciudad.

Olía áspera la humedad y era víspera de ramadán. Un desconocido te esperaba a la salida del aeropuerto y negoció el taxi hasta tu primera cama.
Hoy pasas lista a todas aquellas cosas que te gusta hacer en esta ciudad a esta hora del día, cuando caen el sol y los rezos.

Y lo que más te gusta es pedalear corniche abajo, dejando que el sol te lama la sombra, que los deportistas te miren y tú mirarles a ellos. Ellos corriendo de espaldas, ellos saltando en cuclillas, ellos moldeando el aire con coreografías de karate al viento.

Y llegar a esta hora del día a la orilla de la playa que abarca el horizonte en un paréntesis por escribir. Un sol de todos los colores al ritmo del muecín, a merced del rojo el violeta el azul el amarillo. A merced del olvido a machetazos por esta despedida.

Una despedida que has escrito mil veces en silencio ante cada belleza en cada esquina. Que se ha llevado el humo de los coches por las callejas cada vez que esta ciudad te ha enamorado. Una despedida que te pica en lugares recónditos, malditos mosquitos.

Y aquí, con la cerveza que te ha servido Salif, camarero eterno a quien nunca has dejado propina, escribes una vez más este sol que se duerme, una vez más, mientras en la playa se instalan, una vez más, las mesas y las parrillas y los enamorados de baratillo.

Ahora que sólo nos alumbran las velas en la mesa y las farolas entre los árboles, pasa un avión a peinarle las trenzas a las mujeres insomnes y a los gatos huérfanos. Los tejados le hacen cosquillas a los aviones a ras de suelo con el vientre lleno de ojos a pares.

Ojos con ganas de áfrica que verán lo que esta ciudad quiera darles, lo que sus ganas les permitan. Que intentarán tal vez en vano encontrarle palabras a este mar de lefa, a esta arena laborable, a este paréntesis hecho playa. Que queriendo atrapar el sol a ti te atrapa.

Las olas siguen rompiendo en blanco roto contra la ciudad y tú eres hoy tres ramadanes más vieja, dos colinas más alta, una ciudad más lejos.

Y todavía no has logrado escribirla como merece porque a esta ciudad no hay quien la escriba, apenas a vivirla alcanzamos.

16 d’abr. 2013

Faro de Mamelles

Foto Gonçal Calvo Pérez

Al faro siempre se llega sudando por un trayecto pespunteado de mar, untándose de salitre hasta llegar al canalillo de Les Mamelles. Dos montículos avejentados de señora con secretos separados por una carretera vieja. Un par de colinas dónde asoma erecto el orgullo mandatario.
A un lado, el monumento del renacimiento africano. Un renacimiento que nació muerto tras una inseminación de dineros coreanos. Dineros de banco de esperma, de banco de imágenes de esplendor monumental recalentado. Un aborto hecho estatua. Un delirio de grandeza que observa desdeñoso el horizonte incierto de la banlieue dakariana. Una banlieue que responde con orgullo de arena a la mirada muerta de semejante cúmulo de granito.
Al otro lado el faro, francófono y descascarillado.

29 de nov. 2012

liberté I

tambores de fútbol
rezos radiofónicos
grillo doméstico
luna nueva

tengo los pies fríos

avión touroperado
coches todoterreno
cacerolas de latón
estrellas mudas

y los pulmones llenos

28 de nov. 2012

magic land



Pienso en cómo debe hacerse una propuesta de libro, cuál es el formato más convincente, la mejor estructura. Le doy vueltas a cómo disponer las escamas de un pescado que no tiene ni raspas. Actualizo el inventario de ideas que se han quedado en el aire, intentando pescar la más prometedora. Ritual absurdo éste de ser ojeadora de mí misma en un partido jugado más allá del extrarradio.
Y mientras busco destellos de la gran novela catalana con visos de relato generacional, el camarero me trae la cerveza que pedí hace un rato. Una 33 fresquita y un platillo de cacahuetes. Así, plantificada sobre la mesa, la botella de medio litro me tira de los ojos hacia el mar que se extiende más allá de su perfil tostado. Y se me van los adjetivos por delante para hacerle cosquillas a la enjundia de este paisaje.
Una playa de ciudad al pie de la Corniche, varada entre las fauces de un hotel de lujo y un parque de atracciones. Nada más sórdido que este parque descolgándose sobre el Atlántico, robándole leguas al mar y destripando el imaginario infantil de quién por ahí pase.