21 de set. 2010

abrigo


Ha empezado el invierno y nadie lo sabe. Sólo ellos, en las esquinas, se han preparado para afrontarlo. Han reclutado un ejército de enanos para cortar leña bajo el sol, enanos taciturnos que hacen acopio de provisiones por si refresca.

No se lo digas a nadie pero el invierno ya llegó. Se ha empotrado en el reverso de las hojas, en el tallo de las flores, trenzado en las olas que llegan de ultramar.
Un frío pendenciero ha llegado y se encuentra entre nosotros.

Sólo ellos lo saben y no nos van a invitar a menos que traigamos los bolsillos llenos de carne fresca de risas nuevas de huesos por quebrar. Pues de ellos se alimentan. A dentelladas comen niños.

Hombres del saco abrigados ante un invierno por construir. Se adhieren a las paredes y nos observan, vigilantes. Escondidos tras los muros del silencio compartido compran enanos a precio de saldo. Mano de obra en miniatura para construir palacios de hielo que derritan el futuro.

Disfrazados de invierno pronostican nevadas imposibles y enfrían los sueños de quienes abrigan esperanzas.

26 d’ag. 2010

taxi

Dormitan las agujas del cuentaquilómetros, desganadas por el sol y por la luna y porque es muy tarde ya para ir corriendo por estas callejas. En el vertíce de la esquina, una tormenta y al otro lado, el océano atrapado en un charco.

Con sus agujas de tejer calles pespuntea las olas de de todos los paseos del mundo peinados con raya en medio a golpe de michelines todoterreno. Sube la ciudad a su taxi con la cara lavada, con el cejo fruncido, con brazos abiertos de manos llenas, sin prisa, con pausa.

Hormiga sobre ruedas transportando migajas de punta a punta de un mapa inútil. No existe esta ciudad. Cada día recogen las calles y las ponen cada día en una calle distinta. A fuerza de trayectos inventa los caminos, un hilo amarrado al salpicadero i un nudo al final de cada carrera.

No existe esta ciudad.
Pero nos enredamos todos en su madeja.

19 d’ag. 2010

pentagrama

pasado un rato atisba el
silencio al otro lado de la calle
escucha el ruido en sus bolsillos
mientras caminan las horas tarareadas
un zumbido calmo retumba en las paredes

de esta ciudad otra
cara de la moneda sin rostro
cantando su canción por las esquinas
esculpiendo su poema en las segunderas
de las oportunidades ganadas a contratiempo

8 d’ag. 2010

inquil·lina

Guarda el temps en un recipient trencadís. Una melodia inesperada o una pluja inoportuna dibuixen esquerdes al seu dia. Les llepades de sol a la finestra de la seva habitació li estiren el somriure. Les babes dels bassals li arruguen les celles.

Quan es lleva, destapa el recipient i en separa vint-i-quatre hores amb compta-gotes. Té el pols indecís i és habitual que un calfred la descompti. Aleshores se li despengen hores sobreres, dies llargs i densos, transparents com glicerina que es guarda sense esma a la butxaca.

La veus preparar-se el cafè amb mans maldestres, arrossegant els peus pel passadís carregada de tones d’hores. Mentre xarrupa l’esmorzar cabil·la com distribuir tantes hores imparelles. Omplir amb tasques inventades el seu temps.

Llegeix els diaris endarrerits que s’apilen als racons i es vesteix a conjunt amb l’actualitat de dies passats.

Amb l’escombra deslliga els nusos de mots que s’arremolinen darrera la seva porta i sota el seu llit. Els llença a les escombraries trossejats, lletra per lletra i es capbussa en la lectura obligatòria d’algun llibre. Dedica les estones sobreres a endreçar i a dormir sons pastoses sense somnis. Comença i acaba la jornada amb cada glop de temps.

Carregada amb una bossa de màscares per-si-de-cas obre la porta del carrer. El rostre de saludar al veí fent temps a l’ascensor, el de comprar el pà. Els ulls esmunyedissos de travessar el passadís del metro, la mirada sorpresa de contemplar exposicions.
La veu de fer preguntes i les dents d’empassar silencis. Els cabells endreçats d’anar a la feina i els blens impertinents de trobar amics. Les mans botides d’escrirue informes i els dits prims d’acariciar gossos. Tot li cap dins d’una bossa que pesa minuts de cronòmetre.

Camina pels carrers mirant sostres a través de les finestres dels altres. Persegueix cantonades amb l’ànsia de trobar-hi sorpreses i cada carrer que enfila li omple les orelles de desesperança.

Es posa la mà a la butxaca i consulta amb molta cura la quantitat de temps que li queda al recipient. Calcula la durada d’una pel·lícula, d’una cita, d’una trucada, d’un entrepà ràpid, d’una llibreria. Amb les gotes decantades a una mà i l’agenda a l’altra, la bossa de les màscares a l’espatlla i les sabates feixugues.

A vegades quan torna a casa se li despenja de l’orella dreta la màscara de saludar que s’ha posat pujant les escales. Hi ha cops en què se n’adona i amb el pretext d’anar a rentar-se les mans, torna amb el pijama posat i la cara d’anar aviat a dormir. D’altres vegades no se n’adona i a mesura que es passa els cabells per darrere l’orella, la màscara va relliscant-li.

Quan això passa es pot veure a cua d’ull, rere la carota, la mirada asèptica d’un alquimista exhaust.

23 de jul. 2010

meritoria

Si pudiera elegir, pediría vivir dos muertes.

Prepararía con esmero el ensayo general, meditaría los pasos, esogería el mejor decorado para los grandes monólogos.
Antes de salir al escenario prepararía cada personaje, lo alimentaría de buenas decisiones, le construiría una biografía con las incoherencias justas de la ficción realista.
Repetiría una vez y otra cada escena hasta dar con el matiz adecuado.
Reescribiría el guión sobre la marcha y una voz en off me acompañaría a todas partes.
Los efectos de luz me borrarían las arrugas y el vestuario cubriría las carnes de mi personaje-persona.
Los besos darían pie a amores en verso y las pérdidas serían tragedias en tres actos con moraleja a pie de página.

Si pudiera elegir moriría dos veces.

Porque la noche del estreno todo falla.
Y el vestido se rasga y se apagan los focos y el galán llega tarde y no se llenó el teatro.
Y te quedaste en blanco, sólo la improvisación te salva
Entonces hueles el miedo y se agudiza el instinto.
Sudan la pieles y se empinan los nervios, no hay guión que valga porque empezó tarde el espectáculo.
Los errores entonces son ridículos y sonrojan el buen gusto del respetable.
Puede que tropieces, pero antes de besar el suelo siempre habrá quien te recoja. Mírale al fondo de los ojos, detrás de los párpados, más allá del cerebro hasta que tu mirada rebote al otro lado de cráneo.
Y al salir de esa mirada, agárrale fuerte de la mano
Los besos sabrán a ajo, pero te harán temblar las entretelas.
Y cuando bajes del escenario, derrotada y exhausta, abrázate a quién te apetezca sin pedir permiso.
Acaricia tantos cuerpos como te pida el cuerpo.
Y aplaude, porque un aplauso, unido a otro y a otro y a otro hacen una ovación.

Si pudiera decidir, viviría dos muertes, para morir dos vidas.

29 d’abr. 2010

alcalde

No le sentaba bien la luz de media tarde. A contraluz el sol se tropezaba con sus arrugas mal maquilladas, con el rímel de las macetas y los mofletes cargados de carteles (responsable la empresa anunciadora). La sombra holgazana de primavera le acentuaba los pómulos y las esquinas pinchaban con el ahínco de un cactus bastardo.

De tanto mirarla a los ojos había olvidado su vientre caído, los talones agrietados, el culo descompensado. Tiempo atrás, el brillo de su pelo había sido tan poderoso que dejó de verlo en realidad. Le miraba la melena gitana por encima del recuerdo pasando por alto las puntas abiertas, tal era el afán de la memoria.

Le regaló parques como quien regala vestidos. La vistió de gala con céspedes fruncidos y ramblas palabra de honor. Era tan bella como una idea. No era joven, ninguno de los dos lo era ya, y sin embargo nunca antes se había descuidado. En las inauguraciones siempre había deslumbrado a propios y ajenos

Mirándola ahora, herida por la luz de media tarde, creía descubrir el secreto de su éxito: onomatopeyas coreografiando el baile de sus manos, la desmesura de sus rasgos atenuada con joyería fina, las rugosidades de su voz disfrazadas de ocurrencia.

Había deseado tanto descubrirla para siempre que olvidó las tuberías. Hinchadas por debajo de esa piel morena, se le habían ido anudando los trombos de las malas calles. Las manicuras adoquinadas se quedaban en nada ante la evidencia de su mala circulación.

Imperceptiblemente le puso pareo a su baños desnuda. Años atrás hubiera muerto por lamerle el hombro encalado y ahora desviaba la vista ante la evidencia de un balcón demasiado escotado. Se le habían adormecido los pezones bajo andamios de copa y empezaban a deshilacharse unas alpargatas pasadas de moda. Había intuido tantas veces su mirada bajo la sombra del sombrero…y ahora las terrazas desconchadas evidenciaban su mal beber.

Cuando la conoció una cerveza bastaba, pero un somelier prestidigitador le refinó el vicio. Ahora tragaba copas de barrica vieja con el ansia de una borracha poco discreta. Sofisticó los modales y ahondó el pozo sin fondo de su sed. La bien pagá de sus sueños siguió fumando negro más allá de lo prudente, asómandose el aliento de barrio por un alcantrillado de ortodoncia.

Acuchillada por un abril pendenciero, asomaba la mala reputación de una joven promesa reciclada en vieja dama. Una exmodelo venida a más que habían convertido en musa de antaño, a la que nadie se atrevía a mirar a los ojos. La seguían invitando porque su nombre estaba grabado en todas las listas pero ya nadie la escuchaba en las recepciones. No sabía retirarse a tiempo y más de una vez había tenido que pedirle un taxi.

Y hoy, con el café ya frío, el despecho tomaba cuerpo.

La había admirado desde la sombra de las comisiones presupuestarias. La deseó en los plenos municipales cuando no daban un duro por ella. La cubrió de flores en congresos de urbanismo. Adulándola en reuniones ejecutivas se le pasó el arroz. Y ahora que podía acariciarla con las ruedas de su coche oficial, a la muy puta se le había secado el coño.

Con crecido desprecio firmaba los proyectos de rehabilitación, extirpandole tumores de vieja gloria. Pagando la laca de sus moños de cupletista, remendando los bajos de prêt-à-porter caducados. Insinuando retoques cada vez más esperpénticos rellenaba baches con silicona, hinchaba bulevares marchitos, inyectaba botox en edificios emblemáticos.

A punto de escupirle el despecho sobre el escote, las arrugas del canalillo le conmovieron. Los codos opacos de esa vieja lunática le sellaban la boca. Le costaba tan poco tunelarla con martillos hidráulicos que se sintió cruel y enamorado.

Un inmigrante vendía flores. En argot oficial era un nuevo vecino, pero ella le llamaba Moha o Khaled o Pancho con el descaro de una pescadera. Desarmando la tolerancia demográfica de los técnicos municipales, le guiñó un ojo y reclamó una ofrenda floral.

Escogió la mejor rosa y se la prendió en el pelo.

18 d’abr. 2010

tiempo muerto




Perdía el tiempo.

Lo olvidaba en la mesilla de noche para encontrarlo tras las puertas hecho pelusa de pasillo. Le volaban las horas planchando sábanas, pijamas y calcetines, puesto que faltaban arrugas para llenar las mañanas de silencio.

Escondía el tiempo en las macetas y lo encontraba transformado en caracol de jardinera.

Llenando las cacerolas con guisos de señora se sobraba. A media mañana se peinaba para charlar con las vecinas y saludar a las persianas. Sacudiendo alfombras añejas se le hacía tarde, siempre tarde.

Porque perdía el tiempo.

Pasaba el rato perdiendo el tiempo en revistas de papel brillante. Paseaba entre parterres dibujados en los jardines de otras y se hacía la pedicura bañando los callos en un barreño de todo a cien. Se quitaba años de encima con la piedra pómez, limpia pule y da esplendor.

Con un trozo de papel y un manojo de letras le bastaba. Volaban las tardes enredadas en el humo de un cigarro a escondidas, el último cigarro, de verdad, el último. Anochecía apurando un culo de vino que era el último, de verdad, el último, que pronto se levantan los críos.

Y cuando le quedaba un rato libre, leía para matar el tiempo.


* Ilustración de Nadia Pastor