Hoy he soñado que te escribía una carta y al despertarme por la mañana he encontrado este papel garabateado en la mesilla:
“Soy terriblemente feliz.
Pero no encuentro las palabras para explicarte que no lo soy del todo.
Para decirte que a pesar de todos los mundos que he dejado a medias, cambiar de mundo no ha sido ninguna solución. Os hecho de menos. “
Supongo que estas son las cosas que no escribo en los emails que os mando y en una llamada no hay espacio para contarte esto del todo.
No sé cómo decirte que a pesar de estar en medio de una aventura apasionante, por momentos quisiera irme. Cuando eso sucede me siento un momento e intento dibujar mentalmente la distribución del salón de casa, del pasillo, mi habitación, el balcón. y antes de llegar a la cocina ya se me han acabado las ganas de volver. Porque no sé muy bien dónde volvería ni para qué. Porque el viajero que huye tarde temprano detiene su andar ¿te acuerdas?
La mayor parte del tiempo todo va bien, descubrir este sitio me mantiene ocupada y disfruto la aventura de encontrar personas fabulosas cada día. Hasta que de repente la piedra que llevo atada al cuello me tironea hacia el centro de la tierra y se abre la compuerta de las penas. No sé si entenderás lo que quiero decir, supongo que te costará entenderme sola y siempre acompañada, pero mi soledad es así. Siempre rodeada de gente que me quiere y tiene ganas de estar conmigo.
Y yo tan sola que me metería en la cama hasta que llegara el fin del mundo.
Por las mañanas tengo que ponerme la sonrisa de domingo antes de afrontar a calle. Combinarme bien los zapatos con la mirada de buena persona y saludar durante cinco minutos a todos los vecinos que me cruzo por la calle. Es imposible estar sola en esta ciudad. Y no ha nada más solitario que eso.
No quiero decir que sea infeliz. Ni mucho menos. Pero sentada aquí, enfilando paréntesis uno tras otro hasta que se acaba el día, empiezo a pensar que cargar mi piedra por el mundo tampoco es una solución.
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