Pena de camisas. No ha tenido tiempo de usarlas. Casi por estrenar como quién dice. Claro, adelgazó tan rápido que buceaba dentro de su ropa. Con la percha que ha tenido siempre, otra cosa no, pero percha tenía. Y su pelo nevado por sorpresa.
Mira esta chaqueta, de las últimas que le tejió su madre. Como si la estuviera viendo: sentadita a contrasol, casi sin moverse le crecían las bufandas como serpientes en el regazo.
Qué pena de armario marchito, de mangas deshinchadas, sábanas tristes. Y a ver quién arranca ahora tantos calcetines secos. Por eso lo mejor es hacerlo pronto, no dejar pasar el tiempo, sino una se acostumbra a vivir a la sombra de los calzoncillos deshabitados.
Claro que esto habrá que tirarlo. Porque nadie va a querer la ropa interior de un viejo. Aunque todavía hay camisetas por estrenar, pero eso es muy íntimo. No va a quererlo nadie. Y el género es bueno, no te creas.
El pantalón azul, éste sí que no tengo estómago. ¡Y mira que si lo llego a saber, que un día podría tirarlo sin que me viera! Se lo habré dicho, ¿cuántas? ¿Mil veces? No, más. Un día te voy a tirar este pantalón. Y él que no, mujer, que es para trabajar, ¿qué más te dará a ti si está viejo?
¿Qué más me dará a mí? Tardó tanto en ser viejo…bueno, a parte del pelo, quiero decir. Pero por lo demás, fue fuerte hasta muy tarde. Levantaba tablas con músculos reventones hasta que un día se pinchó y fue como si su cuerpo se diera cuenta de los años que cargaba. Y se encorvó de golpe.
Lo noté en las zapatillas. Al lavarlas por dentro me di cuenta de lo hundidas que estaban. Los talones se habían clavado hasta media suela, con el peso de dos columnas torcidas que amenazaban derrumbe. Entonces me fui fijando a escondidas en los rastros de su vejez inesperada. Los puños de las camisas se deshilachaban y ya no rozaba el cuello de los pijamas. Los brazos cada día más cortos, la cabeza cada día más gacha.
Dicen que llega un día en que a los viejos sólo nos crecen la nariz y las orejas. Lo que no te explican es el dolor de ir perdiendo centímetros por los rincones. El cansancio de ganarle horas al día a golpe de insomnio ni el frío de los armarios viudos por la mañana.
Con los abrigos no sé, puede que se los dé a tu padre. Porque tú no tendrás un novio que los quiera, ¿verdad? No, si yo no lo digo por nada, pero supongo que si lo tuvieras no te irías. Que sí, que ya sé que ahora es distinto. Que os regalamos el mundo y se os queda chiquito.
¿Sábanas no necesitas?
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